No había mar. Mi identidad estaba lejos de la sal. Más cerca de la nieve, del aluvión, del arcoíris doble a las 6 de la tarde.
Había cordillera. Había un potrero extenso de pastizales verdes y caballos color cobrizo.
No
había edificios. Esas edificaciones mortuorias que significaban, para
mí, la muerte del territorio, el despojo del paisaje tan mío.
No había metro. Había queja, si, por la mala conectividad, por la distancia, por "la punta del cerro" que habitamos.
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No
hay mar ni cordillera. No hay potreros extensos ni caballos de color
alguno. Si es que los hay, son transparentes, imperceptibles, como el
paisaje prístino de mis fotos color sepia de la infancia.
Hay
casas, por montones. Edificios como plagas, parasitando la silueta de
unas montañas lentamente ocultadas. Hay andamios, grúas y poleas que
agrietan y levantan a una tierra herida que salpica sus restos de
sustrato y recuerdos.
Cuando invadieron la entrada de la cordillera,
los animales corrieron bosque adentro, cada vez mas adentro, tan
adentro, que jugando a las escondidas, ya perdí la cuenta. Pero yo no
puedo correr. Maldita condición estática de la especie humana. El
sedentarismo me arroja por completo a esta urbanización salvaje.
Me hallo aquí, en el jardín, gato en brazos, mirando las ventanas vacías del edificio.
Mi
patio trasero está totalmente expuesto, y lucho contra esa psicosis de
sentir todos los ojos mirando, casi por descuido, o por despiste.
Yo
también miro, por despiste, y siento una grieta profunda cuando
descubro que con algo tan simple como dejar de ver a la cordillera, me
siento despojada. La cordillera sigue ahí, si. No la veo, no. ¿Qué
importa el inquisitivo régimen de la mirada? ¿Desde cuándo tengo
complejo de cámara de vigilancia?
Me arranco la configuración
perceptual dominante un rato, jugando a la ceguera, sintiendo culpa de
estar "jugando" a la no videncia. Me castigo. No sé pensar sin
criticarme, sin juzgarme. Cuando cierro los ojos, es como si un nuevo
juicio condenatorio en mi contra comenzara.
Quizás fue culpa mía que
no haya cordillera. Quizás los caballos color cobre también siguen ahí
aunque no los vea. Quizás todo está saliendo tan mal como creí
merecerlo. No veo. No siento. Lo siento.
Nunca he podido dejar del todo el vicio cristiano de mutilarme por pecar.
Cierro
los ojos, y ese es mi castigo hoy. Por la no videncia, por el juicio
mental, por el CULPABLE que aparece en cada milímetro de mi piel y que
quedará estampado en mi almohada.
Me caigo.
Me entrego a la tierra y al cemento del jardín.
Siento el picor de los pulgones encima.
Soy
consciente de la batalla natural que hay en mi granado entre estos
invasores y las chinitas - chilenas-. ¿Qué tipo de patriotismo es ese
que te hace pedirle pasaporte a una chinita para saber si la dejas comer
o la matas?
Entiendo las lógicas detrás, me permito desvariar.
Verás, soy no vidente por culpa. Todo se trastoca un poco cuando los
edificios se levantan y yo me derrumbo.
La hormigonera sigue dando vueltas y vueltas. Mi cerebro ya se ha convertido en hormigón espeso.
No sé cómo explicar este desastre armagedónico cuando me vean muerta en el jardín.
La cantidad de cosas que pueden pasar en 5 minutos tomando Sol.