viernes, 17 de enero de 2025

Diario de muerte 9: El golpe

 Hace un tiempo, una influencer de discapacidades dijo que lo más difícil de ser enferma crónica, emocionalmente, era recordar quién solías ser antes de que tus enfermedades te llevaran a un punto de inercia obligada.
Estuve años ignorando ese sentir pero ayer me llegó de golpe. Y no quiero hablar de eso, sólo quiero dejar registro de un sueño que tuve luego de un llanto caminando a rastras por un lugar que antaño habitaba con una vitalidad juvenil que se ha extraviado entre consultas y emergencias.

Me encontraba trabajando en un colegio. Todo iba bastante bien, me llevaba bien con mis colegas, y estaba bromeando con uno de ellos en la sala de profesores, cuando me comenzó a subir la presión. Me llevaron al hospital, y me veía en la camilla, con las palpitaciones cardíacas a full, y el calor, y la sudoración típicas de una arritmia hipertensa.
Estaba rodeado de doctores y enfermeras con la intravenosa, tomando mi pulso: 225 (bastante irreal).
Me sacaron sangre y al rato volvió una doctora que dijo que tenían que operarme de urgencias. Tenía mucha creatina en la sangre y me iban a hacer la fístula para dializarme cuanto antes. Me puse a gritar que no, y agarré del brazo a la doctora. Le expliqué, desesperado, que no estaba en mis planes dializarme y que rechazaba ese tratamiento. Inmediatamente, ella y las/os enfermeros dejaron lo que estaban haciendo, y se dieron media vuelta, para retirarse.
Me quedé solo.

Al rato, llegaron mis padres, y yo no quería contarles lo que estaba pasando en realidad. Así que se sentaron a mi derecha a esperar a algún médico. Pero nadie llegaba. Sentí que asumieron que, si no quería dializarme, había elegido la muerte, y podían abandonarme.
De pronto, llegó otra doctora, que me ayudó a sentarme en una silla de ruedas, y me llevó a pasear por los pasillos del hospital. Me pidió que le explicara bien mi decisión y el por qué. Comencé a hablar, asustado, pues sabía que lo que venía era mi muerte. Una muerte de septicemia, intoxicado por los desechos acumulados en mi sangre. Le dije que pese a no querer diálisis, si necesitaba analgésicos para poder morirme sin tanto dolor. Me dijo que todo eso estaría cubierto. Me llevó al patio trasero del hospital.

Era interminable. Con una cantidad de flores blancas diminutas, colas de zorro, arbustos y algunos árboles. Había algo de niebla, pero se sentía cálido. Al medio del patio una piscina, larguísima.
Después de llorar un rato y abrazar la agonía en curso, me puse en pie, y con la bata, me sumergí en la piscina. Floté, mirando la inmensidad del cielo. Sentí paz. Desperté.

Extraño esa sensación de estar sumergido en un mar de tranquilidad, en medio de una naturaleza que no me juzga ni espera que me someta a nada. Una naturaleza que comprende de muerte y de transformación y que me permite ese espacio. Extraño la calma de saber que ya no habrá nada más.

Diario de muerte -1: Mundo anterior

 Diario de muerte: Mundo anterior

“Vengo del mundo anterior
Sólo recuerdo mi voz”

Así dice mi estrofa favorita de una canción de Adelaida, llamada Despedida de la nieve.
Me gustaría ser consciente de por qué lo arcano siempre ha tenido lugar primordial en mi vida. A ver si con eso puedo dar alguna explicación a mi necesidad de expresar los fenómenos de la cuarta revolución industrial combinando el pasado con el futuro. Que la tecnosimbiosis, que el chamanismo tech, que la neomediumnidad

Realizando estas investigaciones, me siento en el límite con lo profano.
Como si estuviese intentando trasegar las esencias de mis deidades a nuevos recipientes con más hardwares y actualizaciones disponibles.
¿Qué diría Cernunnos si supiera que a veces medito con la playlist de Spotify?
¿Qué diría Cerridwen si le contara que en vez de velas, a veces ilumino con linternas?

¿Soy la vergüenza de mi pasado o el intento de pervivencia de prácticas arcaicas que se resisten a la extinción y se adaptan al paso de las épocas de quienes las realizan?

Las preguntas fluyen por mi mente hiperquinética a la velocidad del 6G.
Ojalá invocar a los elementales fuese así de rápido, y estuviese disponible a un click.

No me quiero degradar, pero parece inevitable.
He aspirado a aferrarme terminalmente a mi mundo anterior,
y ahora me hago trizas en un intermedio que pertenece a ningún lugar.

Diario de muerte 8: Baradero

 Diario de muerte 8: Baradero

El imaginario colectivo de Baradero es esta playa paradisiaca de sudamérica, donde la mayoría va a pasar algunas semanas de descanso entremedio de una existencia completa rendida al capital-trabajo.
Bueno, les tengo malas noticias. Para algunas ovejas descarriadas que se arrepienten de sus exabruptos de adultez temprana e inmadurez crónica, Baradero significa algo distinto. Eso me lleva a realizar un salto cuántico al pasado.

Año 2015. Varadero. Lapsus temporal aleatorio entre 22:00-02:00 de un jueves. Suena This Charming Man en el parlante a media cuneta, porque por algún motivo, todos los universitarios pretenciosos escuchan a The Smiths y después se arrepienten. Atropellan a un cura’o al lado tuyo. Llegan los pacos, y la ambulancia, y no pasa nada. Varadero es una zona de tolerancia en donde el desenfreno y el delirio están permitidos - para lástima de los vecinos. Te paras a seguir bailando y tomando de tu botellón individual de 120 Assemblage (que compras para no sentirte tan indecente, como si tu decadencia fuese más elegante si evitas el cartón de Santa Helena y consumes algo de nombre francés). Un desconocido te comparte un cigarro, que cambias con otro desconocido por un litro de Báltica. Llega el motoboy con las maldades. Tú y tu grupo tiran serpentinas, celebrando. Adornando la miseria yonki.
La vida es terrible, pero te alienas lo suficiente para no ser consciente momentáneamente de eso. La caña del día siguiente, la culpa, el sangrado nasal. Ir a comprar al supermercado como castigo de tu madre por haberla preocupado una vez más entre tantas veces más.

¿Juventud, divino tesoro?
Macul con Grecia de día era el espectáculo de la imagen-subversión ritual, y de noche era un antro de perdición a cielo abierto.
Y ese cielo nunca se cerró, aunque ahora lleves una vida abstemia.

Diario de muerte 8: Detri-mento

 Diario de muerte 7: Detri-miento.

“Le perdí la mano al fuego”, solté, sin pensarlo, ayer al no poder prender carbón.
Me detuve en silencio a pensar en cómo podría extrapolar esto. Suelo decir frases de manera espontánea que me remecen y me obligan al congelamiento.
Le perdí la mano al Fuego.
Le perdí la mano al impulso vital, a la Razón, a la destrucción transformadora, al sacrificio prometeico.
Le solté la mano al antropocentrismo.

A veces siento que perdí las manos y el cuerpo, cuando, entre salas de espera recordaba que “el cuerpo es la cripta del alma”.
Cuando Platón dijo eso, ¿hizo un diagnóstico? ¿O nos echó una maldición atemporal?

El daño que me causó la mentira primera sigue causando heridas que se escarifican y dan forma y contenido a mi cripta cansada y enferma.












Diario-de-muerte 7: Detrimento

 Diario de muerte 7: Detrimento

¿Cuántos días se puede repetir el título
antes de sonar repetitivo?

Pero cuando pienso en mi constante,
la encuentro en el derrumbe.
En las rocas que he cargado en mi espalda,
como Sísifo,
o en mis riñones,
como enfermo crónico terminal.

La encuentro en el cansancio.
En las sábanas cansadas de mi peso,
que añoran fundirse con el colchón
o con mi piel, a ver si así
comienzan a sentirme como propio
y no como cuerpo extraño.


La encuentro en la seguidilla de traiciones
que hicieron de bromas a mi confianza
hasta convertirla en esperpento
que ni en luna menguante pueden menguar.
Y que me cuenta historias tristes
a ver si logra tirarme abajo.

Este detrimento es una jugarreta entre el trauma y la gravedad.
Están en competencia hostil a ver quién lo logra primero.

¿El día 7 también se llamará detrimento?
¿Será que cada dia me detri-menta?




Diario-de-muerte 6: Aterricé en un diluvio cósmico que fue aluvión en mi cabeza

 

Diario-de-muerte 6: Aterricé en un diluvio cósmico que fue aluvión en mi cabeza


No pueden decir que no vimos venir lo que pasaría cuando la técnica del Mundo fuese la bélica.

Helicópteros dejaron huellas en el cielo luego de las bombas - el gran logro del Homo Antropocenus-Capitalocenus-Tecnocenus.

Transformaron el cielo en el nuevo campo de batalla, y el espacio como ring de boxeo astrofísico.

Tanques persiguieron toda forma de vida visible e invisible hasta hacerla añicos - casi tanto como para partir en dos otro átomo y causar una gran explosión.


Pero hubo una gran explosión psíquica en la mente de toda la humanidad que por-vino a este hito sin precedentes.

Tengo el gérmen terminal de la empatía.

Siento la carne derritiéndose, y los huesos afilados, volviéndose roca con cada paso.

Puedo sentir cómo mis ojos ebullen y caen de mis cuencas, fundiéndose con lágrimas.

Creo sentir el mundo acabándose, y yo figuro

contorsionándome, desarmándome,

como una de sus tantas ruinas.


La canción fúnebre que sobrevino a la Gran depresión me genera ecolalias.

Y no te hablo de la Gran depresión del 29. Esa sólo fue la antesala. Una obertura.

Te hablo de una Gran depresión que vino de la mano de los avisos de Prozac en la televisión.

De la caída del proyecto de ser humano occidental tendiendo a la paz perpetua - Kant, lo siento, tu sueño se ha convertido en pesadilla a ahuyentar.

De retornar al estado de naturaleza hobbesiano, sin saber ya cómo ser lobos.

De oleadas de tipificaciones en los DSM, esperando a su próximo portador.

De dolores. Dolores mentales, atravesando médulas espinales hasta el centro de la tierra.

De un alarido que surge gutural desde entrañas desgarradas insomnes yendo en el metro a trabajar.

De las sombras por las calles de Hiroshima persiguiéndome en las parálisis de sueño.


Te podría hablar de tantos padeceres.

De cada una de mis autolesiones.

De mi pastillero con 7x3 hileras.

De mi última ideación suicida con una tarjeta de crédito.


Pero prefiero hablarte de resistencias.

De cómo el eslogan de la SPK de "hacer de la enfermedad un arma" me ha convertido en un fusil.

O una metralleta que lanza palabras de ataque a 1.000 metros por segundo.

De un odio que se ha convertido en compostaje de crítica y queja.


Mi último psicofármaco, luego de pasar por una hilera interminable, fue el famoso Prozac.

Que me haría lidiar con la rigidez cognitiva, me dijeron.

Como si la desesperación por encontrar algo ordenado fuese una enfermedad.

Como si no tendieramos a enfermarnos un poco cada día.


Prefiero hablarte de mi credencial de discapacidad.

Está en espera, y mi estabilidad también, junto con ella.

Esta arma se está quedando sin cartuchos

Y se está oxidando con esta lluvia.


No puedo evitar notar cada mañana que cometí el error de nacer aterrizando forzosamente

En un diluvio cósmico de certezas desparramadas,

que cayeron sobre mi cabeza como meteoritos,

o, más bien, con la fuerza incontrolable de un aluvión.

Este desparrame fue el agua de mi bautizo,

Y el cura fue el desequilibrio primigenio.


Aún lloro por los muertos en el Congo.

Aún me lacero las sienes por Gaza.

El Prozac no logró engañarme hasta creer que el mundo bélico está bien.


No logró destruir la terrible rigidez cognitiva

que me lleva día a día a pensar en revoluciones y mundos mejores.

Porque el presente me es insoportable,

y se acelera el capitalismo autófago.

Me niego a ser el vómito regurgitado de una maquinaria

que ha devastado todo lo que toca.


Me recuerdo aterrizando en el diluvio cósmico,

esperando a convertirme en meteorito,

Que mis huesos endurecidos astillen

al último helicóptero de guerra.

Me deseo aluvión en la cabeza de la serpiente

que se ha devorado este mundo.













Bloopers 24: la noche de la luz

 Ha aullado el salto matutino del sol sobre una cordillera que apenas puede su peso en toda su montañosa hilera que se descose en rios y mon...