Hace un tiempo, una influencer de discapacidades dijo que lo más difícil de ser enferma crónica, emocionalmente, era recordar quién solías ser antes de que tus enfermedades te llevaran a un punto de inercia obligada.
Estuve años ignorando ese sentir pero ayer me llegó de golpe. Y no quiero hablar de eso, sólo quiero dejar registro de un sueño que tuve luego de un llanto caminando a rastras por un lugar que antaño habitaba con una vitalidad juvenil que se ha extraviado entre consultas y emergencias.
Me encontraba trabajando en un colegio. Todo iba bastante bien, me llevaba bien con mis colegas, y estaba bromeando con uno de ellos en la sala de profesores, cuando me comenzó a subir la presión. Me llevaron al hospital, y me veía en la camilla, con las palpitaciones cardíacas a full, y el calor, y la sudoración típicas de una arritmia hipertensa.
Estaba rodeado de doctores y enfermeras con la intravenosa, tomando mi pulso: 225 (bastante irreal).
Me sacaron sangre y al rato volvió una doctora que dijo que tenían que operarme de urgencias. Tenía mucha creatina en la sangre y me iban a hacer la fístula para dializarme cuanto antes. Me puse a gritar que no, y agarré del brazo a la doctora. Le expliqué, desesperado, que no estaba en mis planes dializarme y que rechazaba ese tratamiento. Inmediatamente, ella y las/os enfermeros dejaron lo que estaban haciendo, y se dieron media vuelta, para retirarse.
Me quedé solo.
Al rato, llegaron mis padres, y yo no quería contarles lo que estaba pasando en realidad. Así que se sentaron a mi derecha a esperar a algún médico. Pero nadie llegaba. Sentí que asumieron que, si no quería dializarme, había elegido la muerte, y podían abandonarme.
De pronto, llegó otra doctora, que me ayudó a sentarme en una silla de ruedas, y me llevó a pasear por los pasillos del hospital. Me pidió que le explicara bien mi decisión y el por qué. Comencé a hablar, asustado, pues sabía que lo que venía era mi muerte. Una muerte de septicemia, intoxicado por los desechos acumulados en mi sangre. Le dije que pese a no querer diálisis, si necesitaba analgésicos para poder morirme sin tanto dolor. Me dijo que todo eso estaría cubierto. Me llevó al patio trasero del hospital.
Era interminable. Con una cantidad de flores blancas diminutas, colas de zorro, arbustos y algunos árboles. Había algo de niebla, pero se sentía cálido. Al medio del patio una piscina, larguísima.
Después de llorar un rato y abrazar la agonía en curso, me puse en pie, y con la bata, me sumergí en la piscina. Floté, mirando la inmensidad del cielo. Sentí paz. Desperté.
Extraño esa sensación de estar sumergido en un mar de tranquilidad, en medio de una naturaleza que no me juzga ni espera que me someta a nada. Una naturaleza que comprende de muerte y de transformación y que me permite ese espacio. Extraño la calma de saber que ya no habrá nada más.
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