viernes, 17 de enero de 2025

Diario de muerte 8: Baradero

 Diario de muerte 8: Baradero

El imaginario colectivo de Baradero es esta playa paradisiaca de sudamérica, donde la mayoría va a pasar algunas semanas de descanso entremedio de una existencia completa rendida al capital-trabajo.
Bueno, les tengo malas noticias. Para algunas ovejas descarriadas que se arrepienten de sus exabruptos de adultez temprana e inmadurez crónica, Baradero significa algo distinto. Eso me lleva a realizar un salto cuántico al pasado.

Año 2015. Varadero. Lapsus temporal aleatorio entre 22:00-02:00 de un jueves. Suena This Charming Man en el parlante a media cuneta, porque por algún motivo, todos los universitarios pretenciosos escuchan a The Smiths y después se arrepienten. Atropellan a un cura’o al lado tuyo. Llegan los pacos, y la ambulancia, y no pasa nada. Varadero es una zona de tolerancia en donde el desenfreno y el delirio están permitidos - para lástima de los vecinos. Te paras a seguir bailando y tomando de tu botellón individual de 120 Assemblage (que compras para no sentirte tan indecente, como si tu decadencia fuese más elegante si evitas el cartón de Santa Helena y consumes algo de nombre francés). Un desconocido te comparte un cigarro, que cambias con otro desconocido por un litro de Báltica. Llega el motoboy con las maldades. Tú y tu grupo tiran serpentinas, celebrando. Adornando la miseria yonki.
La vida es terrible, pero te alienas lo suficiente para no ser consciente momentáneamente de eso. La caña del día siguiente, la culpa, el sangrado nasal. Ir a comprar al supermercado como castigo de tu madre por haberla preocupado una vez más entre tantas veces más.

¿Juventud, divino tesoro?
Macul con Grecia de día era el espectáculo de la imagen-subversión ritual, y de noche era un antro de perdición a cielo abierto.
Y ese cielo nunca se cerró, aunque ahora lleves una vida abstemia.

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