Diario-de-muerte 6: Aterricé en un diluvio cósmico que fue aluvión en mi cabeza
No pueden decir que no vimos venir lo que pasaría cuando la técnica del Mundo fuese la bélica.
Helicópteros dejaron huellas en el cielo luego de las bombas - el gran logro del Homo Antropocenus-Capitalocenus-Tecnocenus.
Transformaron el cielo en el nuevo campo de batalla, y el espacio como ring de boxeo astrofísico.
Tanques persiguieron toda forma de vida visible e invisible hasta hacerla añicos - casi tanto como para partir en dos otro átomo y causar una gran explosión.
Pero hubo una gran explosión psíquica en la mente de toda la humanidad que por-vino a este hito sin precedentes.
Tengo el gérmen terminal de la empatía.
Siento la carne derritiéndose, y los huesos afilados, volviéndose roca con cada paso.
Puedo sentir cómo mis ojos ebullen y caen de mis cuencas, fundiéndose con lágrimas.
Creo sentir el mundo acabándose, y yo figuro
contorsionándome, desarmándome,
como una de sus tantas ruinas.
La canción fúnebre que sobrevino a la Gran depresión me genera ecolalias.
Y no te hablo de la Gran depresión del 29. Esa sólo fue la antesala. Una obertura.
Te hablo de una Gran depresión que vino de la mano de los avisos de Prozac en la televisión.
De la caída del proyecto de ser humano occidental tendiendo a la paz perpetua - Kant, lo siento, tu sueño se ha convertido en pesadilla a ahuyentar.
De retornar al estado de naturaleza hobbesiano, sin saber ya cómo ser lobos.
De oleadas de tipificaciones en los DSM, esperando a su próximo portador.
De dolores. Dolores mentales, atravesando médulas espinales hasta el centro de la tierra.
De un alarido que surge gutural desde entrañas desgarradas insomnes yendo en el metro a trabajar.
De las sombras por las calles de Hiroshima persiguiéndome en las parálisis de sueño.
Te podría hablar de tantos padeceres.
De cada una de mis autolesiones.
De mi pastillero con 7x3 hileras.
De mi última ideación suicida con una tarjeta de crédito.
Pero prefiero hablarte de resistencias.
De cómo el eslogan de la SPK de "hacer de la enfermedad un arma" me ha convertido en un fusil.
O una metralleta que lanza palabras de ataque a 1.000 metros por segundo.
De un odio que se ha convertido en compostaje de crítica y queja.
Mi último psicofármaco, luego de pasar por una hilera interminable, fue el famoso Prozac.
Que me haría lidiar con la rigidez cognitiva, me dijeron.
Como si la desesperación por encontrar algo ordenado fuese una enfermedad.
Como si no tendieramos a enfermarnos un poco cada día.
Prefiero hablarte de mi credencial de discapacidad.
Está en espera, y mi estabilidad también, junto con ella.
Esta arma se está quedando sin cartuchos
Y se está oxidando con esta lluvia.
No puedo evitar notar cada mañana que cometí el error de nacer aterrizando forzosamente
En un diluvio cósmico de certezas desparramadas,
que cayeron sobre mi cabeza como meteoritos,
o, más bien, con la fuerza incontrolable de un aluvión.
Este desparrame fue el agua de mi bautizo,
Y el cura fue el desequilibrio primigenio.
Aún lloro por los muertos en el Congo.
Aún me lacero las sienes por Gaza.
El Prozac no logró engañarme hasta creer que el mundo bélico está bien.
No logró destruir la terrible rigidez cognitiva
que me lleva día a día a pensar en revoluciones y mundos mejores.
Porque el presente me es insoportable,
y se acelera el capitalismo autófago.
Me niego a ser el vómito regurgitado de una maquinaria
que ha devastado todo lo que toca.
Me recuerdo aterrizando en el diluvio cósmico,
esperando a convertirme en meteorito,
Que mis huesos endurecidos astillen
al último helicóptero de guerra.
Me deseo aluvión en la cabeza de la serpiente
que se ha devorado este mundo.
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