Todxs somos conscientes del daño que hacen los pulgones a las plantas, y que por eso, son malos. Así de categórica la etiqueta. Sin medios tintes. No. Malos. Y no me vengan con la narrativa moralista de que dicen son malos porque son plaga. Nosotrxs también lo somos, no seamos hipócritas. Las cosas por su nombre.
En fin. Quise
googlear "¿sufren los pulgones?" y no encontré nada de información.
Mucho sobre el daño que generan y cómo combatirlos. Nada de si sufren,
si les duele rociarlos con veneno o pesticidas. Si se retuercen
padeciendo sus últimos minutos de existencia, sentenciados a muerte por
el feroz crimen de nacer para devorar una hoja.
Ni Judas se atrevió a tanto.
"Nacido para el delito", diría algún pulgón rebelde llamado Pulgopunk.
Nada. No encontré nada.
Nadie piensa en los pulgones.
¿Te has puesto a pensar en cuántas cosas nunca piensas?
¿Cuántos sufrimientos quedan anulados por tu completa ignorancia?
¿Cuántas veces al día eres Eichmann?
La banalidad del mal puede extrapolarse hasta el infinito, englobarnos como masa humana y declararnos culpables a todxs.
Ya no venden tan seguido la redención en las iglesias, menos mal. Ahora, para eso, ocupan las ideologías.
Declaro que intentaré hablar menos de culpa. Y que intentaré dejar de sentirla tan seguido.
Invitación del día:
Mira
a tu alrededor, y desafíate a pensar en algo en lo que nunca has
pensado. Dale vueltas, conviértelo en un pensamiento plástico.
Conviértelo en un problema. Búscale una solución creativa (no tiene por qué ser realizable).
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