Sube del mar un rugido de hierro,
no de aguas sino de cables y drones.
Tiene siete cabezas:
una habla en inglés, otra en francés,
otra sonríe con dientes de oro y tratados de paz.
Las demás mastican petróleo, deuda, silencio.
Sus diez cuernos relucen:
uno lanza bombas,
otro firma convenios,
otro imprime billetes que se deshacen en sangre.
El resto transmite las imágenes
para que el mundo aplauda la masacre
con un clic.
Sobre su lomo va la ciudad prometida,
vestida de leyes,
ungida por dioses que ya no hablan.
Debajo, los cuerpos:
niños,
madres,
tierras que gritan con voz de tierra.
La bestia reza con la boca de los imperios,
pero su fe es el acero.
Y en sus ojos —siete soles podridos—
arde la palabra “seguridad”.
Cuando caiga,
no habrá trompetas ni ángeles,
solo el eco de un pueblo
que aún resiste
en nombre de los que fueron devorados.
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