caligrafía suspendida sin punto aparte ni renglón
así era mi autobiografía ininterrumpida
que se genera automáticamente
como pc calculando
los decimales de Pi.
La prueba de rendimiento
ha sido
calificada con 0.
Hay terabytes de rimas miserables
que se arrepienten de enmarañarse
tras mis huellas java.
Hubo un dictado de números y letras
que
l l
o
v í
a
n
sobre mi escasez de resguardo.
No tengo forma propia de escribir.
Si tuviera que definirme grafológicamente
el diagnóstico indiferenciado arrojaría
manía persecutoria
delirios de (no)grandeza
fuga disociativa
o falta de vitamina B12.
No puedo comparar la memoria RAM
con las redes subterráneas y subalternas
de un árbol que es un bosque.
La caligrafía de una nervadura es
la más antigua de las deep webs.
La corriente alterna de mi sinapsis
colabora con el fluir de la salvia
de la raíz hacia la nada.
jueves, 13 de febrero de 2025
diario de muerte 12: caligrafía
miércoles, 12 de febrero de 2025
Diario de muerte 11: Bocanadas de atracones de hambre voraz
He quedado varado en una arena viscosa en un acantilado en tonos verde agua.
No hallo la fuente primigenia del color en medio de ensoñaciones apabullantes.
He
_devorado
___el último
____de mis alientos.
Cuántos afectos he ido tejiendo con la lana de mi destino corroído
y que han terminado encallados en un arrecife de olas turbias y quietas.
Yo no he encontrado la frecuencia de la quietud
porque estoy arrullado por un mar de calamidades azul violeta.
Subsisto en un vértigo causado por un mecer fatigado
que se resiste, sin embargo, a desaparecer.
Tantas colillas he dejado tiradas en las calles de la borrachera
con la saliva reseca por las horas en vela.
Continuará.
viernes, 7 de febrero de 2025
Diario de muerte 10: Entrega
Entregué mi fuerza vital y me devolvieron un regurgito negro tirado en el piso.
Entregué horas, silencios y desveladas, y me devolvieron un insomnio terminal.
Entregué mi corazón envuelto en hojas de libros, me devolvieron carne molida.
Entregué mis ojos a centenares de premisas, me devolvieron el extravío.
Entregué andares y caminares en una calle sitiada, me devolvieron gas pimienta.
Entregué anhelos que a día de hoy huelen a lacrimógena y plomo.
He desplegado dos décadas a cambio de que nada cambie.
He desplegado una infancia que se ha vuelto agua turbia.
He desplegado manos repletas que se han quedado vacías.
Repito las mismas palabras una y otra vez,
en la repetición hay pérdida, o hay insistencia.
Insisto por remarcar que he quedado carente.
O tal vez sólo he sido insuficiente
para librar las batallas
que aún nadie logra imaginar.
Este presente es de un alto calibre
para este revolver simple de un tiro que soy.
Mi pólvora se ha ido regando en el camino.
Ya no es tiempo de jugar a ser tanque paramilitar,
sino de recuperar todo lo que he entregado,
para volver a empezar.
De todas maneras, nunca he entregado esperando algo a cambio.
Siento las sienes drenadas de toda condición,
y un agotamiento que demanda sepulcro.
Este es el verdadero círculo de uróboros.
viernes, 17 de enero de 2025
Diario de muerte 9: El golpe
Hace un tiempo, una influencer de discapacidades dijo que lo más difícil de ser enferma crónica, emocionalmente, era recordar quién solías ser antes de que tus enfermedades te llevaran a un punto de inercia obligada.
Estuve años ignorando ese sentir pero ayer me llegó de golpe. Y no quiero hablar de eso, sólo quiero dejar registro de un sueño que tuve luego de un llanto caminando a rastras por un lugar que antaño habitaba con una vitalidad juvenil que se ha extraviado entre consultas y emergencias.
Me encontraba trabajando en un colegio. Todo iba bastante bien, me llevaba bien con mis colegas, y estaba bromeando con uno de ellos en la sala de profesores, cuando me comenzó a subir la presión. Me llevaron al hospital, y me veía en la camilla, con las palpitaciones cardíacas a full, y el calor, y la sudoración típicas de una arritmia hipertensa.
Estaba rodeado de doctores y enfermeras con la intravenosa, tomando mi pulso: 225 (bastante irreal).
Me sacaron sangre y al rato volvió una doctora que dijo que tenían que operarme de urgencias. Tenía mucha creatina en la sangre y me iban a hacer la fístula para dializarme cuanto antes. Me puse a gritar que no, y agarré del brazo a la doctora. Le expliqué, desesperado, que no estaba en mis planes dializarme y que rechazaba ese tratamiento. Inmediatamente, ella y las/os enfermeros dejaron lo que estaban haciendo, y se dieron media vuelta, para retirarse.
Me quedé solo.
Al rato, llegaron mis padres, y yo no quería contarles lo que estaba pasando en realidad. Así que se sentaron a mi derecha a esperar a algún médico. Pero nadie llegaba. Sentí que asumieron que, si no quería dializarme, había elegido la muerte, y podían abandonarme.
De pronto, llegó otra doctora, que me ayudó a sentarme en una silla de ruedas, y me llevó a pasear por los pasillos del hospital. Me pidió que le explicara bien mi decisión y el por qué. Comencé a hablar, asustado, pues sabía que lo que venía era mi muerte. Una muerte de septicemia, intoxicado por los desechos acumulados en mi sangre. Le dije que pese a no querer diálisis, si necesitaba analgésicos para poder morirme sin tanto dolor. Me dijo que todo eso estaría cubierto. Me llevó al patio trasero del hospital.
Era interminable. Con una cantidad de flores blancas diminutas, colas de zorro, arbustos y algunos árboles. Había algo de niebla, pero se sentía cálido. Al medio del patio una piscina, larguísima.
Después de llorar un rato y abrazar la agonía en curso, me puse en pie, y con la bata, me sumergí en la piscina. Floté, mirando la inmensidad del cielo. Sentí paz. Desperté.
Extraño esa sensación de estar sumergido en un mar de tranquilidad, en medio de una naturaleza que no me juzga ni espera que me someta a nada. Una naturaleza que comprende de muerte y de transformación y que me permite ese espacio. Extraño la calma de saber que ya no habrá nada más.
Diario de muerte -1: Mundo anterior
Diario de muerte: Mundo anterior
“Vengo del mundo anterior
Sólo recuerdo mi voz”
Así dice mi estrofa favorita de una canción de Adelaida, llamada Despedida de la nieve.
Me gustaría ser consciente de por qué lo arcano siempre ha tenido lugar primordial en mi vida. A ver si con eso puedo dar alguna explicación a mi necesidad de expresar los fenómenos de la cuarta revolución industrial combinando el pasado con el futuro. Que la tecnosimbiosis, que el chamanismo tech, que la neomediumnidad…
Realizando estas investigaciones, me siento en el límite con lo profano.
Como si estuviese intentando trasegar las esencias de mis deidades a nuevos recipientes con más hardwares y actualizaciones disponibles.
¿Qué diría Cernunnos si supiera que a veces medito con la playlist de Spotify?
¿Qué diría Cerridwen si le contara que en vez de velas, a veces ilumino con linternas?
¿Soy la vergüenza de mi pasado o el intento de pervivencia de prácticas arcaicas que se resisten a la extinción y se adaptan al paso de las épocas de quienes las realizan?
Las preguntas fluyen por mi mente hiperquinética a la velocidad del 6G.
Ojalá invocar a los elementales fuese así de rápido, y estuviese disponible a un click.
No me quiero degradar, pero parece inevitable.
He aspirado a aferrarme terminalmente a mi mundo anterior,
y ahora me hago trizas en un intermedio que pertenece a ningún lugar.
Diario de muerte 8: Baradero
Diario de muerte 8: Baradero
El imaginario colectivo de Baradero es esta playa paradisiaca de sudamérica, donde la mayoría va a pasar algunas semanas de descanso entremedio de una existencia completa rendida al capital-trabajo.
Bueno, les tengo malas noticias. Para algunas ovejas descarriadas que se arrepienten de sus exabruptos de adultez temprana e inmadurez crónica, Baradero significa algo distinto. Eso me lleva a realizar un salto cuántico al pasado.
Año 2015. Varadero. Lapsus temporal aleatorio entre 22:00-02:00 de un jueves. Suena This Charming Man en el parlante a media cuneta, porque por algún motivo, todos los universitarios pretenciosos escuchan a The Smiths y después se arrepienten. Atropellan a un cura’o al lado tuyo. Llegan los pacos, y la ambulancia, y no pasa nada. Varadero es una zona de tolerancia en donde el desenfreno y el delirio están permitidos - para lástima de los vecinos. Te paras a seguir bailando y tomando de tu botellón individual de 120 Assemblage (que compras para no sentirte tan indecente, como si tu decadencia fuese más elegante si evitas el cartón de Santa Helena y consumes algo de nombre francés). Un desconocido te comparte un cigarro, que cambias con otro desconocido por un litro de Báltica. Llega el motoboy con las maldades. Tú y tu grupo tiran serpentinas, celebrando. Adornando la miseria yonki.
La vida es terrible, pero te alienas lo suficiente para no ser consciente momentáneamente de eso. La caña del día siguiente, la culpa, el sangrado nasal. Ir a comprar al supermercado como castigo de tu madre por haberla preocupado una vez más entre tantas veces más.
¿Juventud, divino tesoro?
Macul con Grecia de día era el espectáculo de la imagen-subversión ritual, y de noche era un antro de perdición a cielo abierto.
Y ese cielo nunca se cerró, aunque ahora lleves una vida abstemia.
Diario de muerte 8: Detri-mento
Diario de muerte 7: Detri-miento.
“Le perdí la mano al fuego”, solté, sin pensarlo, ayer al no poder prender carbón.
Me detuve en silencio a pensar en cómo podría extrapolar esto. Suelo decir frases de manera espontánea que me remecen y me obligan al congelamiento.
Le perdí la mano al Fuego.
Le perdí la mano al impulso vital, a la Razón, a la destrucción transformadora, al sacrificio prometeico.
Le solté la mano al antropocentrismo.
A veces siento que perdí las manos y el cuerpo, cuando, entre salas de espera recordaba que “el cuerpo es la cripta del alma”.
Cuando Platón dijo eso, ¿hizo un diagnóstico? ¿O nos echó una maldición atemporal?
El daño que me causó la mentira primera sigue causando heridas que se escarifican y dan forma y contenido a mi cripta cansada y enferma.
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