Nunca pude desatar el nudo ciego:
creció dentro de sí, multiplicándose,
una colonia de insectos que se despega de mí
como si el cuerpo fuera apenas
una ruina de membranas descartadas.
Paremos —dije— con la memoria, con la culpa,
con la verde revelación de tu raíz
que late como una advertencia microscópica
entre cuatro ventanas,
cuatro túneles,
cuatro bocas de cristal que miran hacia adentro
hasta que todos quieren ser yo,
menos yo,
menos ese yo que se fuga por las costuras.
—Estoy cansado de ser sólo un mordisco—
declara alguien sin rostro,
y otro alguien responde en un eco roto:
—Hombre, hombre falso, hombre sonriendo,
hombre falso sonriendo,
hombre que no se jacta de la realidad,
porque la realidad es una bestia acristalada,
y el presente apenas un simulacro
de la imaginación que insiste.
Pero no estamos aquí.
—Yo sí. Yo he vuelto a pasar. Y dejo de pasar.
Y en cada paso me convierto en otro,
y ese otro en otro,
y ninguno sabe que aún hay sueño,
que aún hay un temblor aferrado al borde
de lo que pudo ser verdad.
Entonces caen las constelaciones.
Caen como ceniza luminosa,
y él —o lo que queda de él—
alza los brazos, eufórico, reclamándolas.
Se adhieren a su piel,
irradian sed de agua clara,
lo moldean, lo deshacen, lo repiten.
Es una, de todas las estaciones,
la que permanece entre sus dedos,
goteando lentamente,
disolviéndose en una tinta
que ninguna mano alcanza a retener.
En el otoño decidió ser primavera:
un gesto mínimo,
una amenaza que vibró como un relámpago mudo,
y el mordisco —aquel primer mordisco primitivo—
se volvió agujero negro,
una grieta celebratoria que devora
todo lo que intenta nombrarlo.
Y así seguimos,
entre restos de luz,
entre nudos que no ceden,
entre ventanas que se multiplican
hasta que ninguna forma es suficiente
y el yo, ese yo que no quiere ser yo,
se diluye por fin
en el resplandor de lo incontable.
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