sábado, 15 de marzo de 2025

Diario de muerte 14: Pepi

 Dime que no nos vamos a ver,
pero que seguiremos presentes.
Y es que esta distancia herida
no nos ha fracturado los cimientos.

Quemábamos símbolos patrios en el imaginario,
mientras construíamos nuestras propias alamedas,
esas que luego dejaríamos vaciadas,
para habitar nuevas formas de ser.

Protestamos con desarraigado desdén,
desnudas de toda posibilidad de vergüenza
antes de volcarnos puertas adentro,
a usar los cargo de las novelas coreanas.

Fuimos jóvenes en pastos demasiado verdes para mí,
y hemos ido envejeciendo en el encuentro
que nos enfrenta a la naturalidad
de este vínculo que desconoce el paso del tiempo.

Que cuando has regado la tierra con tus lágrimas,
han salido cantares gitanos en tiempos crepusculares.
Que tu dolor se ha convertido en una raíz de roble
que alimenta infiernos y cuerpos celestes.

Dime que sientes que nadie te entiende
y ni siquiera me esforzaré por decodificarte,
y es que hemos transitado por las mismas penurias
que hoy nos acechan a toda hora.

Quemábamos certezas por la vía larga
de los escritos y los pequeños delirios,
esos que iban a 351/433 (Mbps)
desesperadas de inspiraciones pixelares.

Que cuando has padecido de ausencias,
las has convertido en musa acuchillada
en el centro de un corazón en tonos escarlata
que nunca ha dejado de latir.

Late furioso, decepcionado, pero vivaz
ahí donde todo está rodeado de muerte,
y tú, como Katrina, sólo sabes de danzar
convirtiendo fantasmas en presencias.

Ropajes elegantes cubren tu piel pálida de llanto
y caminas con el semblante orgulloso de despojo
que convierte en suyo todo lo que roza
porque te mereces todo el mundo.

Espero consolarnos, en voraz desconsuelo
porque la vida duele, lo sabemos.
Pero el suplicio se vuelve más atómico
cuando lo convertimos en nota de voz.

Mil universos convergen en tu barrera preconsciente
y saltan con historias y nombres
que han encontrado en ti cómo canalizar
su hambre de volverse fugazmente realidad.

Medium, hechicera, lectora de manos, de pensamientos, de libros. Lectora de mis afecciones y victorias. Lectora de libros quemados en la Biblioteca de Alejandría que se despliegan como papiros mientras duermes en tu plano onírico. Lectora de los desafortunados proyectos a medio terminar que están en el iris del dios que ha caído.

Has tenido tantos nombres, y has mutado con cada sílaba destruida, has sabido de transformaciones y supervivencias, y es que nadie sabe tanto de amar la vida, como quien ha amado la muerte tanto como la ha maldecido. Estás bendita de ti misma, de tu suficiencia, de tu proeza y hazaña de no aguantar que el derrumbe sea absoluto.
Siempre hay algo en ti que se niega a marchitarse.


lunes, 10 de marzo de 2025

Diario de muerte 13: Nomenclaturas crípticas

 Nomenclaturas crípticas fueron mi enclave
sin locaciones atadas a latitudes y longitudes.
Pero con una franja larga y angosta como vena
que encalló en pleno santiago centro.

Los relieves fueron mi contorno inmóvil
que se fue desfigurando sobre un colchón intempestivo
Mi cordillera de la costa fue un desierto seco
de cables enredados como mi cabellera inapetente.

Fui más allá de toda neuronorma
alzando alaridos de desconsuelo y viento
mi bioquímica parecía ecuación alterada
sin punto de encuentro ni linea perspéctica.

Intenté descifrar códigos arcaicos en lenguajes prosaicos en mi desesperación por ser búho maestro, cuando en realidad sólo vi de frente mi ácido desoxirribonucleico, que se atrofiaba en alguno de sus fragmentos, marcando ocupado, intermitente. No todo puede ser clasificado y tipificado con letras del abecedario. ¿Cual abecedario? Todos los abecedarios. Los silabarios también. los poster con letras en las paredes infantiles, las canciones de cuna, los tarareos de mi tía barriendo el jardín, las óperas de mi mamá lavando la loza, los silencios angustiosos de mi hermana, las onomatopeyas de dolor de mi padre, las notas de tango que escuchó mi tío minutos antes de su muerte.
Quise vivir contando las palabras que decía la gente y agruparlas en grupos de 5. Hasta que empecé a pensar qué estaría entendiendo y contando como palabra. ¿Las onomatopeyas igual? ¿Los lenguajes paraverbales? ¿Las señaléticas que nos impiden el atropello? Hay tantos lenguajes como escenas que se suceden simultáneamente y que se disuelven en esa jugarreta que es el presente, que me faltarían manos, brazos, cuerpos, ácidos desoxirribunicléicos, para contarlas. ¿Los lenguajes que no entiendo... cómo los voy a contar?
Me he atiborrado de subjetividades y me he convertido en un cierre paréntesis.
O en un puzzle barato del Turner metafísico y sensible.

He andado acéfalo por el segundo piso
regando griteríos por todo mi barrio
quejumbroso como desdichado de medio tiempo
que reniega de marcar ocupado.

*Por favor, intente nuevamente*

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diario de muerte 42: logotipo

el régimen iconográfico se me cuela por debajo de las uñas, aparece por mis pestañas llenas de rimel barato, y me persigue con sus chuchería...