Dime que no nos vamos a ver,
pero que seguiremos presentes.
Y es que esta distancia herida
no nos ha fracturado los cimientos.
Quemábamos símbolos patrios en el imaginario,
mientras construíamos nuestras propias alamedas,
esas que luego dejaríamos vaciadas,
para habitar nuevas formas de ser.
Protestamos con desarraigado desdén,
desnudas de toda posibilidad de vergüenza
antes de volcarnos puertas adentro,
a usar los cargo de las novelas coreanas.
Fuimos jóvenes en pastos demasiado verdes para mí,
y hemos ido envejeciendo en el encuentro
que nos enfrenta a la naturalidad
de este vínculo que desconoce el paso del tiempo.
Que cuando has regado la tierra con tus lágrimas,
han salido cantares gitanos en tiempos crepusculares.
Que tu dolor se ha convertido en una raíz de roble
que alimenta infiernos y cuerpos celestes.
Dime que sientes que nadie te entiende
y ni siquiera me esforzaré por decodificarte,
y es que hemos transitado por las mismas penurias
que hoy nos acechan a toda hora.
Quemábamos certezas por la vía larga
de los escritos y los pequeños delirios,
esos que iban a 351/433 (Mbps)
desesperadas de inspiraciones pixelares.
Que cuando has padecido de ausencias,
las has convertido en musa acuchillada
en el centro de un corazón en tonos escarlata
que nunca ha dejado de latir.
Late furioso, decepcionado, pero vivaz
ahí donde todo está rodeado de muerte,
y tú, como Katrina, sólo sabes de danzar
convirtiendo fantasmas en presencias.
Ropajes elegantes cubren tu piel pálida de llanto
y caminas con el semblante orgulloso de despojo
que convierte en suyo todo lo que roza
porque te mereces todo el mundo.
Espero consolarnos, en voraz desconsuelo
porque la vida duele, lo sabemos.
Pero el suplicio se vuelve más atómico
cuando lo convertimos en nota de voz.
Mil universos convergen en tu barrera preconsciente
y saltan con historias y nombres
que han encontrado en ti cómo canalizar
su hambre de volverse fugazmente realidad.
Medium, hechicera, lectora de manos, de pensamientos, de libros. Lectora de mis afecciones y victorias. Lectora de libros quemados en la Biblioteca de Alejandría que se despliegan como papiros mientras duermes en tu plano onírico. Lectora de los desafortunados proyectos a medio terminar que están en el iris del dios que ha caído.
Has tenido tantos nombres, y has mutado con cada sílaba destruida, has sabido de transformaciones y supervivencias, y es que nadie sabe tanto de amar la vida, como quien ha amado la muerte tanto como la ha maldecido. Estás bendita de ti misma, de tu suficiencia, de tu proeza y hazaña de no aguantar que el derrumbe sea absoluto.
Siempre hay algo en ti que se niega a marchitarse.